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Tina Modotti

 

La imagen y la mujer

Por Marcela Quiroz Luna
Fotos: TIna Modotti, Jean Michel Place Editions

 


Tanque No. 1, impresión contemporánea en platino, 1927, colección Helsinki City Art Museum.

as mujeres-estandarte de los albores del siglo xx en la historia del arte en México han visto y a veces sufrido el aumento de bibliografía en torno a su vida, sus escándalos, amores, desgracias y, sí, también sobre su obra. Desde Frida a Nahui, pasando por Antonieta y hasta Pita, han sido —en el mejor de los casos— objeto de libros, exposiciones, obras de teatro, películas, o por lo menos, comentarios de café. Tina Modotti es una integrante de este mal formado grupo de las femmes fatal de los años veinte. Su vida ha sido tratada y retratada con mayor y menor fortuna por estadounidenses, italianos, alemanes y mexicanos, y cada nacionalidad refleja sus propios intereses en la recuperación / adopción de la fotógrafa-activista italiana.

Nuestro país la reclama en su historia por dos razones y hacia dos causas. Una: como estandarte de un incipiente feminismo liberador en la sociedad mexicana post-porfirista, recuperada por historiadoras y artistas a partir de los años setenta; y dos: como parteaguas en la producción fotográfica mexicana en tanto que su trabajo es más que justo leerlo hoy como el inicio del fotoperiodismo. Mujer y estética.
Sin embargo, el peso de la biografía y de la aventura envidiada de la italiana (Udine 1892 - México 1942) ha vetado, salvo en honrosas y contadas excepciones, la posibilidad de una aproximación más objetiva a la producción fotográfica de la amante-aprendiz de Edward Weston, como muchas veces se le ha denominado. Y es que el peso de sus amores y efectos en el mundo cultural y político del “renacimiento mexicano” se nos viene encima como una tentadora red de susurros, secretos, descubrimientos y confesiones. La correspondencia entre Tina y Weston durante casi 10 años, los diarios del propio Weston, los murales de Rivera en Chapingo, las escenas de celos de Lupe, los periódicos calumniosos sobre el asesinato de Mella, el falso móvil amoroso y la subsecuente extradición de Tina del país, se acumulan como sacos de arena sobre la memoria sincera o tramposa de todos cuantos la conocieron y han alimentado las ansias de quienes buscan los mitos.

Lo que queda entonces, como siempre, es voltear a la obra. Reconocer en las imágenes las distintas influencias, intereses y apropiaciones del entorno para poder hilvanar los formalismos de Weston, las estridencias promodernas de List Arzubide, los nacionalismos grandilocuentes de los muralistas, las injusticias develadas de la lucha antifascista, los descubrimientos populares de Anita Brenner y la propia sinceridad apasionada de la italiana. Entendiendo sólo de esta forma aquellas confesiones cabizbajas a su viejo amante a la distancia, sobre su papel en la vida y en la foto: No puedo —como me lo propusiste alguna vez, “resolver el problema de la vida extraviándome en el problema del arte”— no sólo no puedo hacer tal cosa, sino ni siquiera sentir que el problema de la vida obstaculice mi problema del arte. Y sé que exactamente aquí tu me vas a decir: “el arte no puede existir sin la vida” —sí— lo acepto, pero debería haber un balance más equilibrado de los dos elementos ya que en mi caso la vida lucha todo el tiempo por predominar y el arte es naturalmente el que paga. Entender entonces sus porqués será un asunto que logre unir a la mujer con la fotógrafa en una conciencia que ante todo se ocupó por postular su propia estética —no sólo fotográfica— en un mundo burdo, turbulento, desigual y mucho menos comprometido de lo que se postulaba.

 

El texto completo de este reportaje y las fotografías, pueden verse en la edición de Casas & Gente.

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