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Sobre los bosques del antiguo Chapultepec, la historia de Mexico vista de un cerro, el cerro del Chapulin


Por Marcela Quiroz Luna Fotos: Sebastian Saldivar

La Escalera de los Leones vista desde la segunda planta del Castillo, adornado con tres vitrales heráldicos hechos por Saturnino Herrán en la segunda década del siglo XX por encargo de Venustiano Carranza. Dos escudos prehispánicos de Chapultepec como el “cerro del chapulín” y montaña de agua, enmarcan el escudo nacional. En 1878, se abrió este nuevo acceso al segundo piso cuando se instaló el Observatorio Nacional Astronómico, Meteorológico y Magnético. Más tarde, por iniciativa de Don Porfirio Díaz, se hizo la escalera de mármol blanco con pasamanos de latón, para integrarla dignamente a la casa presidencial. El General Carranza, además de agregar los vitrales, flanqueó la escalera, en su parte inferior, con dos leones de mármol blanco, los mismos que hoy reciben a los visitantes del Alcázar.

or sus pasillos desfiló Carlota, la joven princesa. Desde sus balcones vio como, en poco tiempo, se trazaba la gran calzada, la de la Emperatriz. Esa misma que hoy conocemos como Paseo de la Reforma, sin duda la avenida más hermosa, imponente y llena de historia de la ciudad de México.

Los bosques se partían en dos, el camino, para las elegantes y magistrales carretas imperiales, comunicaba al legendario cerro bautizado en náhuatl como cerro del chapulín con el corazón de la gran ciudad de México. Corría el año de 1864. Sobre los andadores, los tímidos pasos de una mujer buscaban en las copas de los árboles señas de su destino, atisbos de esperanza, aunque fuese la más leve certidumbre, o tan sólo, ver acercándose la figura de aquel ilusionado monarca: el emperador Maximiliano de la casa de Habsburgo.

El carruaje de gala, descansa suspendido a unos milímetros del piso, en el Museo Nacional de Historia, Alcázar del Castillo de Chapultepec. La casa Cesar Scala de Milán elaboró este carruaje en 1864. En ocasiones Maximiliano y Carlota recorrieron el Paseo de la Emperatriz en él. Estilo barroco con molduras de plata y bronce, con esculturas de niños y ángeles, esta carroza nos llena de sueños esplendorosos de tiempos pasados.

Tarde que temprano, él llegó, y con él la rebelión, las traiciones, la muerte y la locura. Tres años después, salas, salones y elegantes habitaciones se perdieron. Parafraseo nostálgico de su castillo Miramar, en Trieste, El Castillo de Mira Valle, en la cumbre del Bosque de Chapultepec, se perdía. Los lujos, los gastos, el esplendor, las fiestas, las cortes y los sueños europeos se vieron arrasados por Juárez y su República Restaurada. Cambiaron los líderes, cambió el rumbo del México. Atrás los conservadores, adelante los liberales.

Los alrededores de los jardines de la segunda planta del Castillo, revestidos de mármol blanco y negro. La Bacante con Pantera, de Santiago Rebull, uno de los seis óleos que embellecen este paseo, danza alegre al fondo a la izquierda. Maximiliano encargó cuatro de estas obras en 1865, las otras dos fueron también solicitadas a Rebull por Don Porfirio Díaz en 1894. Los jardines, recuperados por el arquitecto Saúl Alcántara, se hicieron a imagen y semejanza de aquellos que proyectó originalmente el jardinero imperial.

El Castillo se volvió residencia presidencial. Detrás quedaron los imperialismos y sus estilos y modas y ese futuro imaginado para un país que, letárgico, no respondió a los sueños paternalistas de un emperador austriaco. Sobre los mismos andadores, entre los apacibles jardines, con un México distinto a sus pies, otra mujer perdía su vista sobre el bosque hasta toparse con la cúpulas de las más portentosas iglesias del centro de la ciudad. Un imperio a sus pies, como lo estuvo a los de aquella otra, pobre, la que se volvió loca.

El gran Salón Comedor de Don Porfirio. Las paredes están cubiertas por piel repujada y policromada de procedencia mexicana de fines del siglo XIX. El techo à caissons, encasetonado, es una copia del siglo XIX en madera y pasta del estilo renacentista. La habitación se embellece con el exquisito trabajo en platería de la casa Christofle en París mandado a hacer por Maximiliano antes de su llegada a México; originalmente el juego constaba de 5000 piezas aproximadamente, entre candelabros, centros de mesa y jardinería. La cristalería muestra también sus iniciales grabadas. La larga mesa de caoba se acompaña de 16 pesadas sillas forradas en piel con respaldos trabajados en marroquinería con el monograma RM (República Mexicana). La araña central de 29 luces es de origen francés hecha en bronce y vidrio. Al fondo, dos puertas a los costados del espejo con un par de ánforas francesas de porcelana de Sèvres con escenas costumbristas del siglo XIX, comunican con el Salón Fumador decorado en estilo chinesco.

Carmen Romero Rubio paseaba entre las Bacantes de Rebull y las columnas toscanas, el observatorio, y vuelta otra vez. Una tarde fría la hacía esconderse en la parte más cálida de la segunda planta, entre las diosas grecolatinas emplomadas, vestidas en vidrios de colores por encargo del General Porfirio Díaz, Presidente de la Nación. ¿Cuántos años hacía ya de eso? ¿Hace cuanto había ella dejado de tener 17 años cuando lo conoció y sus padres consintieron el matrimonio? ¿Quién le hubiera dicho que estaría ella ahí, rodeada de mármoles, gobelinos, sedas y rasos, bebiendo en finísimas copas de Baccarat en habitaciones perfumadas por las más exquisitas rosas del país? Finalmente todo era cuestión de tiempo. Tiempo que pasar, tiempo que contar. Minutos que gozar y minutos que sufrir. Tiempo para dejar atrás los sueños de dos mujeres que en sus reales habitaciones durmieron.

El Salón de los Gobelinos, uno de los principales recintos de esparcimiento de la corte de Maximiliano y Carlota. Al fondo, Napoleón III y su esposa Eugenia en grandes óleos individuales. A la derecha, Maximiliano en uniforme de gala, firmado por Albert Graefle, fechado 1865. En primer plano un piano inglés Collard&Collard, y al fondo un piano francés de la casa Phillipe Henri Herz Neveu & Cie fundada en 1863. Ambos pertenecieron a los emperadores. El tapiz rojo de tela imperial que cubre los muros se engalana con el águila bicéfala de los Habsburgo y la leyenda “Equidad en la justicia”, hechos por Pierre Frey, Bracquenier siguiendo los diseños originales del siglo XIX. La sala de madera de avellano estilo Luis XV con tapicerías de gobelino de Aubusson, reproducen escenas de las fábulas escritas por Jean de la Fontaine y fueron un regalo de Napoleón III a la joven pareja imperial. Las dos cómodas bombe, con escenas campestres pintadas son un fino ejemplo del mobiliario francés del siglo XIX. Sobre cada una de ellas, un tibor de porcelana de Sèvres del mismo siglo, con las inscripción: Gostier.

El Castillo de Chapultepec, asentado sobre un antiquísimo lugar sagrado, de culto y veneración tecpaneca; después un palacio con baños de vapor, bosques, y lugar de recreo de Moctezuma Ilhuicamina, el viejo, trascendente monarca mexica; punto estratégico para las tropas españolas al mando de Hernán Cortés, fue finalmente obsequiado al pueblo mexicano en 1530 por Carlos V para el libre disfrute de sus fuentes y albercas. Cuenta la historia que el Virrey de Velasco, a mediados del siglo XVI mandó construir una Ermita a San Miguel Arcángel en la cima del cerro del chapulín. Un siglo después se construyó sobre su ladera el acueducto que llevaría durante muchos años agua a la ciudad, desembocando en los Arcos de Belén.

Doña Carmelita Romero Rubio, segunda esposa de Porfirio Díaz, Primera Dama de México   Carlota Amalia, joven emperatriz llegó al Castillo de Chapultepec a sus 18 años

A fines del siglo XVIII se estableció ahí también una fábrica de pólvora. El Conde de Revillagigedo intentó utilizar el viejo castillo, restaurado y agrandado por el Virrey Bernardo de Gálvez, como Archivo General del Reino de la Nueva España. Dos décadas después terminaba la dominación española, y en 1842 se instalaba ahí el Colegio Militar. Cinco años después, el heróico Batallón de San Blas dejaba escrita una página más de la historia de este cerro y de este Castillo frente a las tropas invasoras estadounidenses. Después Carlota y Maximiliano. Después Carmelita y Porfirio. Residencia presidencial desde 1882 con Manuel González, hasta 1939 cuando Lázaro Cárdenas decide albergar ahí el Museo Nacional de Historia. Parecía que su historia comenzaba entonces. El museo de la historia de México.

La Galería de Emplomados, restaurada admirablemente, fue mandada a hacer por Don Porfirio hacia el año de 1900, los vitrales están firmados por la casa C.H. Champignelle Fils, 96 rue Notre Dame des Champs, París. Cinco diosas de la mitología grecolatina están representadas: Pomona, diosa de las cosechas, Flora, relacionada con la belleza, las flores y la primavera, Hebe, portadora del néctar divino, Diana, la cazadora, patrona de la fertilidad y el nacimiento, y Ceres, quien preside la agricultura y el amor maternal. Frente a ellos, las puertas de despachos de Carmen Romero Rubio y de Don Porfirio Díaz, así como las tres puertas que abren al magnífico Salón de Embajadores.

Pero sus muros, sus piedras, sus árboles, sus caminos y sus fantasmas, tenían desde entonces, como tienen ahora, mucho más que contar. Hace dos años y medio se inició el magno proyecto de recuperación del Alcázar del Castillo de Chapultepec, privilegiado hogar del Museo Nacional Historia. Dividido en cuatro grandes partes, el proyecto se canalizó en: 1) Restauración de Bienes, muebles e inmuebles, a cargo de la Coordinación Nacional de Restauración del Patrimonio Cultural con Luciano Cedillo; 2) Proyecto arquitectónico, a cargo de la Coordinación Nacional de Monumentos Históricos del INAH, bajo la dirección de Salvador Aceves; 3) La Museografía se hizo siguiendo las órdenes de Miguel Angel Fernández, Coordinador Nacional de Museos y Exposiciones del INAH; y 4) La Dirección de Salvamento Arqueológico del INAH, guiada por María de la Luz Moreno, conformó la cuarta y última parte. Mega proyecto de fin de milenio.

Detalle del techo del antecomedor. El trompe l’oeil o trapantojo, tan carasterístico de los grandes palacios europeos de los siglos XVIII y XIX, recreación decorativa hecha por Jesús Moreno Hernández, de la Coordinación Nacional de Museos y Exposiciones del INAH. El candil francés de 36 luces, de bronce y cristal del siglo XIX alumbra esta habitación con la inquietante reverberancia de sus velas. .

La recuperación del Castillo de Chapultepec es la recuperación de nuestra historia, de grandes momentos y grandes personajes. Desde la cumbre, se posibilita una nueva visión. La restauración de estos espacios arquitectónicos únicos en México y de sus joyas en mobiliario, tapicería y ornamentos es una labor digna de admiración. Gracias a todas estas instituciones y todas esas manos anónimas que ejecutaron la gran obra, se nos ha devuelto a todos un viejo palacio vuelto nuevo. Gracias!

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