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Por Alfonso de Neuvillate
Fotos: Pedro Barrera
 


Mexicano y procede de una vieja hacienda de Lagos.
Dos silloncitos ingleses, a juego con la mesita entre libros viejos y el fragante aroma de los nardos colocados en un florero de vidrio de la rica artesanía popular mexicana.
 
ucho se ha venido abusando del llamado estilo mexicano dentro del mundo del interiorismo y la decoración... lamentablemente las más de las veces sólo son imitaciones baratas y de pésimo gusto. Así, de aquel mundo que crearon Chucho Reyes o Luis Barragán hoy nada queda... pues a base de querer ser originales, muchos de los nuevos arquitectos y decoradores han exagerado inventando un estilo que ni es mexicano ni es de buen gusto.
Sorprende así, encontrar en medio del caos urbano de la ciudad de México, un apartamento que más parece una casa que nos remonta de inmediato al verdadero y auténtico estilo mexicano.
Los techos de gran altura y la viguería original de madera de la vieja casona fueron los elementos que convencieron a Fernando Partida al momento de elegiar esta propiedad... poco antes había adquirido dos enormes candiles de veinticinco luces cada uno que eran prácticamente imposible colocar en cualquier piso moderno.
 


Aquí una colección de esferas de cristal y candelabros.
En el muro destaca una tapicería italiana siglo XIX .
Los diversos retratos populares son obras de la pintura de Jalisco de entre 1820 a 1900. Silla Chippendale, el sofá es estilo Imperio
 
Así, aunque México, D.F., es una antigua ciudad, muchas de sus originales construcciones de grandes dimensiones se han transformado o se han demolido, de tal forma que encontrar una casa con las proporciones correctas fue tarea nada fácil.
Después vendría las restauración del inmueble, al que ya lo habían medio modernizado en un estilo completamente indefinido y volver a dejarlo según la idea original tomó más de un un año.
Pero después de todo ha valido la pena según nos dice Fernando Partida Rocha, pues concibió la idea tal y como lo había planeado, trasladando desde Guadalajara una gran cantidad de viejos muebles y cuadros, libros y bibelotes, que había venido coleccionando amorosamente.
 


En la recámara principal, vemos dos regias obras escuestres, la superior con un bello paisaje del valle de México atribuida a Edouard Pingret. En el muro de al lado una colección de antiguos grabados y libros por doquier.
 
El resto de las buenas piezas de anticuariado los adquirió en Puebla o en los diversos bazares de la capital, creando así una atmósfera en veriedad insólita para la ciudad de México, recordando las vetustas haciendas de Jalisco de dónde es originario.
Los mexicanos muchas veces tratan de imitar los estilos extranjeros, ya sea por inseguros o por cursis... no hay que copiar absolutamente nada.... sobre todo teniendo riqueza cultural tan vasta y el universo tan diverso como es el nuestro.
En perfecta mezcla y sin la ayuda de nadie Fernando combina muebles mexicanos del siglo XIX con arte popular de San Pedro Tlaquepaque y Tonalá, retratos de familia, loza de Compañía de Indias con Talavera de Puebla y Guanajuato, plata y hoja de lata, tibores de China y vidrio soplado, tapetes persas y sarapes de Saltillo... todo pero todo en perfecta armonía sin que una pieza desentone con otra.
Los muros los pintó a cal y canto en un intenso amarillo, en contraste con las cortinas de algodón azul marino.
 


Colección de juguetes antiguos, en medio de un retrato de un niño de mediados del siglo XIX. El silloncito es poblano y el pequeño teatro de cartón es francés de principios de siglo XX.
 
Los pisos son de madera y barro y se cuidó hasta el último detalle. El baño se recubrió de mosaicos de Talavera azul y blanco: los colores predominantes de la casa junto con el amarillo son el ocre y el blanco. Entre libros y libreros, papeles y periódicos de la biblioteca vemos un sensacional lienzo del General Porfirio Díaz firmado hacia 1880, junto a dos pequeños cuadros con temas hípicos.
Los libros son una de las grandes pasiones de nuesto anfitrión y estos se encuentran dispersos por toda la casa.
 


Vista del salón hacia el comedor. En primer término y sobre la vieja mesa de libros, un par de tibores de Talavera y un arcángel en papier mache original del artista tapatío Pepe Hernández.
Del techo original de la casa pende un par de grandes candiles de 24 luces con remates de águilas bicéfalas.
El tapete es persa de siglo XIX. El par de roperos proceden de la Hacienda de Esteban Chapital.
 


En un ángulo del salón, página opuesta, un bello retrato jalisciense del siglo XIX que representa a una dama de la región de Ahualulco, obra del artista Marcelino Mares, el cuadro de la izquierda está firmado por Andrés López, importante pintor del XVIII y bajo éste un pequeño retrato de un bachiller del siglo XIX. En la mesa destaca sobremanera un gallo de barro de Santa Cruz
 
Literalmente no hay un espacio que no contenga algún buen volúmen, elemento que da calor y armonía a cualquier espacio.
De entre la colección de retratos mexicanos del siglo XIX que posee, destaca, además del don Porfirio Díaz, uno atribuido a Pingret que muestra a un gallardo jinete... otro más atribuido a Hermenegildo Bustos... y varios más anónimos de la región de Jalisco, principalmente.
Todo en medio de un ambiente decididamente nostálgico y decadente, como en su vieja Guadalajara. Rostros que nos ven desde las sombras: el claroscuro del tiempo: ese que preserva como imagen renovada, la sensibilidad de un cronista actual de lo pasado: el dilecto Fernando Partida Rocha.