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Una mansion de mistica y de magia. Obras de arte por doquier... la esencia del mito: la imagen de la doña
 
Por Nicolás H. Sánchez-Osorio / Fotos: Josefina Rodríguez Marxuach
 

Pabellón al fondo del jardín.. En el muro de la pared espléndida chimenea florentina de mármol y de época. Encima de ésta la famosa cabecera de plata maciza de la que fue cama de la Doña. Fue diseñada por Diego Rivera y tiene querubines a cada lado. Pinturas con temas tropicales del gran artista Xavier Esqueda. Maravilloso par de candiles holandeses de plata iluminan esta sala durante la noche. En los nichos se aprecian dos esculturas de plata que son cabezas de María Félix. Para coronar los techos se pusieron macetas y jarro nes de Talavera poblana inspiradas en diseños del siglo XVIII.

 

Yo la llamaría también María Feliz!! Así la ven en Cuernavaca, en ese maravilloso refugio en el que se ha convertido la Casa de las Tortugas. No se ha transformdo solo, María Felix lo ha cambiado a su manera. Con sus colecciones. Con su gusto: que es el del perfeccionismo y la armonía. Como ella misma con mucha gracia lo aclara: “Y que crees, que todo se hizo por arte de magia? No hijo, no.

 

También en el fondo de la alberca se pasean las tortugas. En mosaico veneciano, una artesanía que ya es propia también de Cuernavaca fueron dibujados los reptiles que le han dado nombre a la casa de La Doña. En esta vista general de la piscina, a la izquierda, se pueden observar, al lado derecho, el piso de mosaicos azul y terracota enmarcados en piedra. Al fondo y sobre sus pedestales de azulejos portugueses dos personajes italianos en piedra blanca. En los nichos ovales una serie de bustos italianos que lucen por la iluminación existente detrás. Los arcos están decorados con azulejos portugueses y alrededor de la alberca espléndidas macetas de gran tamaño de Talavera de Puebla.

Todo esto cuesta mucho trabajo. Hay que trabajar mucho para que las cosas surjan. Todos estos muebles, mira, me los traje todos desde París en la boca del avión”. María ha montado y desmontado casas en París y en México. Con una gran habilidad y un gran gusto siempre ha concluído sus casas, marcando un estilo: por ejemplo, la última casa de María en Neuilly en París tuvo el sello Napoleón III. Su Villa de Cuernavaca lleva como tema las Tortugas, un reptil por el que María tiene una especial admiración y cariño.
 

vista general del gran salón.


 

El espectacular y magnífico armario español del siglo XVI, página opuesta, en madera de palisandro con incrustaciones de carey, plata y marfil proviene de la Cartuja de Granada. Al fondo una consola veneciana turquesa y oro. Sobre ésta un par de jarrones azules de Jacob Petit. Arriba uno de los retratos de María Félix realizados por Antoine Tzapoff. A la izquierda puede verse una maravillosa reja francesa de hierro forjado con detalles de bronce. Al fondo y a la derecha dos sillones italianos barrocos en madera dorada.

 
En su Villa de Cuernavaca hay muchas Tortugas. Desde el pórtico, en el frontón de la fachada, una tortuga fue trabajada en piedra de cantera. En el interior de la casa, en el vitral-plafond multicolor. En el fondo de la alberca tres tortugas fueron interpretadas en mosaico veneciano. En el pasamanos del barandal de la escalera a base de pasta y en un extraordinario trompe l’oeil, fueron realizados los caparazones de la tortuga. María ha ido desarrollando el tema desde el inicio, cuando hace unos diez años adquirió la propiedad, que había sido construida en los años setentas por el talentoso Pepe Mendoza, un arquitecto con un sentido muy europeo de la arquitectura. En cada uno de sus proyectos se inspiraba en las Villas Italianas.
 

En el pasillo hacia la biblioteca, página opuesta, lucen otros de los espléndidos retratos que a María le hizo Tzapoff. Sobresale la mesa portuguesa con una escultura de plata que representa a la Doña. El lambrîn es de azulejos portugueses y los muros son de boisseries de caoba. El techo es de artesonado portugués con tres diferentes colores. La chimenea también es de azulejos de Portugal. Al fondo y encima de la chimenea retrato de María por Tzapoff. El sillón es portugués cubierto de cuero de Córdoba.

 

Escritorio portugués de origen brasileño, arriba. El retrato de Tzapoff luce un espectacular marco de madera dorada colonial mexicano. La biblioteca portuguesa es de caoba y resaltan las columnas salomónicas laqueadas en negro. Los nichos poseen avestruces en plata y también se ve un caparazón de tortuga.

Dejó varias casas, todas ellas bellísimas: tres en la calle Leona Vicario, en el centro, una más en la calle Rufino Tamayo, donde hoy se aloja el hotel de los Pariente y dos más en el coul de sac en donde se inicia hacia la barranca la casa de Las Tortugas y lo que fueron las dependencias en el proyecto original de Mendoza. La Casa de las Tortugas está proyectada en dos plantas, más un pequeño tercer piso con miradores desde donde se tienen excepcionales vistas selváticas de Cuernavaca. Los invitados de la Doña, que no son muchos, llegan por la Avenida Palmira y se internan en una de las muchas privadas muy discretas que existen a lo largo de ésta, que es en Cuernavaca, la avenida más rica y elegante: ahí sólo se levantan grandes pro-piedades, con bellísimos jardines: nada se ve.
 

Los nichos poseen avestruces en plata y también se ve un caparazón de tortuga. Abajo, la mesa es de las llamadas de jambières en metal plateado y terciopelo. El sillón portugués en cuero de Córdoba. La banqueta posee azulejos y la mesa es de jambières. Resalta un mueble de sacristía indoportugués con incrustaciones de nácar, carey y plata. Hay un escritorio de origen brasileño


 
Todo es Intramuros. En la privadita de María, una reja de hierro forjado convierte en privada su calle. Los guardianes de la casa sólo abren la reja a los que están anotados en la lista. Atravesando el umbral, se baja por una callecita empedrada, hasta terminar en el coul de sac en donde el visitante se sorprende por la modestia de una pequeña fachada, en cuyo frontón, una tortuga trabajada en cantera constituye una curiosa intoducción a lo que como se dice a veces: es “todo un viaje”.
 

En el gran salón se ve un sofá en seda con cobertura de leopardo de Somalia. Los candelabros son ingleses de plata maciza y el par de gabinetes son indoportugueses con carey, nácar y plata. Están considerados como únicos en el mundo y son del siglo XVII. El retrato es ya ahora clásico de Tzapoff. María montando un rinoceronte posee un marco de plata maciza con esgrafiados de mariposas en los ángulos. El candil es de Baccarat y el par de arcángeles son coloniales mexicanos s. XVIII.


El mayordomo de la casa nos invita a pasar. Atravesamos un corredor antes de llegar a un salón abierto de caprichosa arquitectura que ha redondeado muros y plafond en una curva de medio punto. Fue idea de María, que quiso darle mayor movimiento a este espacio tan ricamente decorado, con un par de gabinetes indoportugueses en carey y nácar del Siglo XVII, arcángeles estofados mexicanos del XVIII y un juego de cuatro jarrones de museo firmados J. Petit con las Catedrales de México, que descansan sobre una gran chimenea en piedra.
 

Escalera que conduce al primer piso y que es el piso portugués.En el nicho un mono de plata de Buccelati. Los muros son de azulejo portugués y el vitral tienen motivos de tortugas. La pasamanería es de madera atornillada y el techo es Ceisson portugués.

Así comienza el “trip” chez María. Es una casa que hay que recorrer, y... bueno, si se tiene a la Doña de guía, todavía mejor. Pues en sus propias palabras, la historia y las anécdotas de cada una de sus pertenencias, de sus pinturas, de su mobiliario, de sus colecciones, cobran vida y otra dimensión. Porque María es una mujer que en esencia es ya desde ahora historia. Es un privilegio estar con ella y poder escucharla. Su casa también habla por ella. María baja de sus aposentos, acompañada por sus colaboradores y a la vez guardianes. Fulano y Sutano. Son como ella misma asegura parte de su “equipo”. La siguen por donde ella está.
 

La Tortuga ha sido el caprichoso tema que María Félix escogió para implantar y desarrollar el leit motif de su casa de Cuernavaca. El pasamanos de la escalera, abajo, es un trompe l’oeil espléndidamente ejecutado y llevado a su última y real apariencia por el artista franco-ruso Antoine Tzapoff, confidente y gran amigo de la Doña.


Cuidan que todo esto en fondo y forma, María es detallista. Y no se le escapa ni el mínimo detalle. Es exigente. Y por eso, comenzando por ella misma, triunfó en su carrera. Aquí y en Europa. A lo grande. En el mundo. Hoy la crítica sigue hablando de ella. Los cronistas la comentan. Las celebridades la consideran. Los escritores publican libros sobre ella. Sigue siendo actual. Ha caminado exitosamente por nuestro siglo y entra al nuevo milenio airosa al contra ritmo de sus propias tortugas, que si vivientes van paso a paso, en su casa están estáticas.
 

En la recámara de María Félix la cama es Luis XV en madera dorada cubierta con brocado de seda, los burós son igualmente Luis XV, dorados y con planchas de mármol negro. El coiffeuse ondulado con seda color turquesa. El espejo antiguo de madera dorada y un par de lámparas con motivos de monos de bronce dorado. Mesa de centro de China en laca roja. A la derecha hay una consola Luis XIV en madera dorada y mármol. Al fondo par de lámparas cloisonné y maceteros de porcelana Natier.


Nos invita a bajar los 124 escalones de la psicina al merendero de la barranca, que hace apenas unas semanas acaba de restaurar y concluir, con los colores exactos y precisos que ella traía en la cabeza: el azul cobalto y el anaranjado papaya, colores que le han ido espléndidamente al conjunto. De pura cerámica. Y para que las uniones del cemento blanco no se pudieran ver ni de lejos, las mandó a pintar a pincel.
 

En la recámara para invitados, al centro, están dos camas portuguesas con cojines y sobrecamas de seda verde Veronés. Las sillas son asimismo portuguesas en cuero de Córdoba. La pintura del Indio Piel Roja es de Antoine Tzapoff. Los muros fueron tapizados con borduras de Cachemira multicolores. El escritorio es de roble inglés de época.

Así de “net” tenían que quedar los muros y los pisos de ese ultra refugio de su casa, coronado por un aplique de plata maciza que siendo el respaldo de su propia cama, María lo mandó a colocar en la mejor de las perspectivas, en el muro final de esa reconfortante isla del fondo del jardín. Antoine Tzapoff, pintor ruso-fran-ces, autor de toda la obra trompe l’oeil tan magistralmente ejecutada en muros, columnas y marcos, aparentando carey, mármoles, tejidos, maderas, porcelanas y hasta insectos es también el gran artista, pincel extraordinario y colorista excelso, que ha dejado en sus telas algunos de los mejores y más polifaceticos retratos de la María de la última década y media.
 

Este es el Petit Salón Boudoir. Los torcheros son de Venecia y el candil es de Baccarat azul. La cama Luis XVI es de descanso o para la siesta, en madera dorada recubierta de seda y con hilos de oro italiano. El cofre es de Japón y está laqueado en negro con incrustaciones doradas y es del siglo XVIII. El mueble que se aprecia en la foto es de plata repujada con cajones de origen, probablemente alemán. La pintura es francesa y tiene Un Mono Vendado como motivo principal. Es del siglo XIX. El sillón Berger en madera dorada y la mesa para café es Luis XV dorada y con tapa de mármol.

Tzapoff, que admira profunda y eternamente a esta mujer, le ha dedicado algunas de sus mejores obras. En los muros de la casa de Cuernavaca, María ha querido que luzcan estos cuadros: María con Tzapoff, en autorretratos diferentes. María con los Rinocerontes. María con las joyas del Maharaja, María entre tibores de porcelana, María la más Bonita. En donde Tzapoff la ha envuelto espléndidamente en chales de mil colores. Su recámara y anti chambre cambian por completo de estilo. Los colores se vuelven tenues y reposantes.
 

el trompe l’oeil de Tzapoff y el retrato de María, también de Tzapoff, en un marco Siglo XIX, página opuesta, esculpido por el mismo arquitecto de la catedral de Vitterbio, cerca de Florencia.

El mobiliario se va de nuestros siglos y le toca a los ebanistas de Louis XVI esculpirlos y dorarlos. Hay silencio. Intimidad y gracia. Nos lleva a la biblioteca que Jean Paul Olivier, quien la ha acompañado desde 1987 en los trabajos jamas fáciles de esta casa, acabó de concluir en finas maderas hace apenas unas semanas, cuando en mayo de este año terminábamos de hacer estas fotos en una graciosa exclusiva que La Doña otorgaba a nuestra revista. Sobria, formal, en boisserie de nogal oscuro, con destellos de marfiles y ébanos, el nuevo y ultimísimo (¿o hay algo más María?) espacio de la casa surge como uno de los más acogedores e íntimos. María suele hoy en día recibir a sus amigos entre esos muros. Con sus libros, sus fotos, sus recuerdos. Sus “cosas”. Sus caballos enmarcados y acompañados, muy acompañados de premios y triunfos o en acuarelas que captaron el carácter de esos grandes de Longchamp o Ascot. La comida está prevista en media hora. Pero el tiempo pasa a mil por hora. Hasta que una hora más tarde la Doña nos invita a un gazebo donde está puesta la mesa. La mesa. Sólo como la sabría poner ella: el Arte de la Mesa podría ser el otro tema de la crónica. Porque ahí hay arte, gusto, refinamiento y además riqueza. En uno de los raros silencios de la conversación, se deja escuchar el susurro de las fuentes de la piscina vecina, que también brilla de azulejería haciendo arcos. La ciudad de la eterna primavera, reconfirma su dicho. Estamos en el mejor clima. En la mejor casa. Con la mejor de las gentes. En el mundo de María.