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El de Sergio Arau un arte libre, seductor, con todos los elementos de la esencia e identidad nacional.
 
Por Alfonso de Neuvillate Fotos: Pedro Barrera

Oleo/tela. 80 x 120 cms.

ergio Arau es un pintor. Un gran pintor. Mejor conocido en los Estados Unidos y en Europa que en México. Su obra pictórica es sólida, plena de armonía y con un estilo subjetivo, singular y por ello personalísimo y trascendente. Es obra que si bien posee influencias claras, de por ejemplo, Botero, merece atención especial, ya que el proceso, el método y la intención son diferentes. El resultado lo prueba y comprueba. Es arte narrativo, arte de aparente ficción, irónico, algo caricaturesco, con elementos subyugantes dispuestos en escenas o por mejor decir, escenografías de interiores, alcobas peca-minosas, estancias placenteras, intimismos burdelescos con damas carnosas y exuberantes que colman la imaginación y los deseos insatisfechos. Arte erótico pero igualmente arte crítico.
 

S. Arau. desnudo con flor, óleo/tela. 80 x 80 cms. S. Arau. Danza.

 

Agudo, ob-sesivo, exaltador de momentos mexicanistas, mexicanísimos, nacionaleros y también del arrabal. Sin embargo pintura muy bien realizada, con sapiencia y tendenciosa, como toda obra definitiva que se respeta. Solo las presencias hu-manas, infladas, fuertes, echadas en las camas, a modo de luchadores, con símbolos evidentemente extraídos a la idiosincrasia y condición de ser y de estar del mexicano radicalizan esta obra tanto como obra de arte, que como documento inigualable para saber y conocer el alma verdadera de esta nación. Unas piernas femeninas desnudas cubiertas en su totalidad de tatuajes llenan el espacio de una de estas obras importantes de Sergio Arau. Cada sello, cada rasgo, cada tatuaje aparente, cada dibujo se ha extraído de las loterías, de los papeles impresos de José Guadalupe Posada –la muerte catrina, el borracho, el sol, la luna–, y de las barajas realizadas en pueblos de la provincia cuyo lema es la Patria. Existe además el elemento religioso. Al santo de la devoción, al ángel de la guarda o al mismo Cristo transfigurado. Pero estas últimas imágenes han dejado de ser. Ahora e incorporadas a estas pinturas dentro de la gran pintura, como el teatro adentro del teatro y la teatralidad, son formas que caracterizan ese sentir esencial del alma nativa. O bien en los cuadros en donde aparecen las mujeres pero enmascaradas como luchadoras, pero exultando sexualidad, son anacronismos importantísimos en la definición del estilo que mencionaba y son elementos simbólicos para lograr -y logra- catarsis emocional. Paradoja y destino manifiesto. El colorido es parco, con tonos pálidos. No es la perorata ni el discurso acostumbrado de gritos y sombrerazos, sino el de tono menor que resulta más eficaz y más, mucho más bello. La belleza es esencial, fundamental y radical en estos seres radiográficos plasmados por la imaginación y talento de Arau. Los zapatos de mujer, rojos y de tacón alto son otras de las formas gratas al artista (y de quien no?). Son fetiches eróticos con los cuales hay que convivir. Todas estas presencias son imágenes surgidas de la razón de ser del ser esencial y existencial que habita esta región. Pero además de ser eso, la obra de Sergio Arau es más, es mucho más. Es tornavuelta de la imaginación, es el paraíso de las imágenes conocidas y estilizadas, es la reivindicación de los valores nacos estructurados y elevados a una jerarquía estética de orden mayor. Es la sutileza del pensamiento y es el portavoz de lo emotivo.

 

Sergio Arau. “La siesta de las luchadoras”, óleo/tela. 100 x 100 cms.

 
Existe algo de Camille Bombois alrededor de estas pinturas. Secretas, abiertas, que esconden las apariciones y los reintegros y dan a luz nuevos pensamientos. La belleza del ahora y del acá es parte del juego pitagórico. También están presentes Esqueda y su obsesión por los luchadores y los pieles rojas como las sorpresas de Friedeberg alrededor. Como algo del recordado pintor Enrique Guzmán y algo de las cajas de Lucero Issac y de Cristina Bremer. El espíritu para concebir obras fantásticas. La realidad existe pero trastocada. No más realismos de magueyes y nopales. La realidad que ofrece la obra de Arau es la válida e importante. Es un juego y un desafío polémico y es como dijo el filósofo popular: “la neta de la cotidianeidad”. Arte que cuenta historias inverosímiles. Pero que son la burla del pueblo para manifestar su carencia de libertad. Arte por tanto comprometido con los símbolos de la mexicanidad. Uno de ellos es, evidentemente el gran luchador el Santo. Arau lo emplea a él y a su máscara para definir situaciones extremas. Lo crucifica o lo pone en la picota de los acusados. Le quita la máscara –esta palabra quiere decir persona– y se la pone a mujeres que no son luchadoras, sino sólo lo intentan.
 
 
Por increíble que parezca el pintor está señalando, desde mucho tiempo atrás, un hecho indiscutible e inevitable en y de México. El triunfo de la mujer y su conquista de puestos de elección popular o de otros igualmente notorios y notables. Hecho inconcebible hace décadas y centurias que Sergio Arau plasma no tanto por afán notarial, sino porqué es un hecho real, ya no inventado y por ello arquetípico: en sus acepciones racionales y dentro, igualmente, de la ambivalencia, polivalencia de la conciencia trigarante. Sergio Arau es de los pintores entre dos siglos. Es un puente importantísimo, como lo son Domínguez, Cauduro, Cortázar, entre el siglo que muere y el que surgirá como el sol de Heráclito: “nuevo todos los días”. Pintura plagada de emociones que hablan a los espectadores. Por tanto no medio sino parte vital del arte de la comunicación. Comunica sus secretos a voces, su interior, sus preocupaciones y las del alma nacional devienen obra de arte notoria, amable, de sonrisa a flor de piel y de sensaciones ya no lúdicas, sino enfebrecidas y obsesionantes. Obsesión e imaginación. Cualidades natas de este artista novedoso, que todavía es capaz de proporcionar –de lo que extrae del po-pulismo y lo popular– emociones muy gratas y refrescantes. El arte es para dis-frutarse, como los elementos con que cuente el que lo realiza a alto nivel estético. Sergio Arau está destinado a ser el pintor del próximo milenio. Hegel lo sentenció: “el arte nuevo es aquel que siembra interrogantes y no las resuelve, es fruto del pensamiento y es el pensamiento en sí mismo”. Aplicable a la obra singular de Sergio Arau.